miércoles, 25 de marzo de 2009

those wounderful years


El otro día me decidí a poner un poco de orden en el altillo de mi armario y cuando vi la casita no lo pude evitar, la bajé.

Y abrí la caja de Pandora. Me expuse ante mis recuerdos sin cautela ni reservas, y me sumergí de inmediato entre los golpes y caricias que me dio la vida. Olía a polvo, a cuero viejo, a flores secas. Saqué mis cuadernos de viajes y recorrí de nuevo el Camino de Santiago; recordé a la quinta del canuto en aquel campo de trabajo; encontré mi billete de interrail y las aventuras que viví con la mejor amiga. Una cinta de casete con canciones que me dedicaron (suspiro); una pulsera a medio hacer que nunca llegó a su destinatario; el borrador de unos poemas que envié cuando tanto lo amaba, y reí y pensé “¿a quién entonces?” y reí más cuando lo averigüé. Pero también encontré otros que recordaba bien, cartas y poemas que él había mandado, las más recientes, las más hirientes. Leí alguna, no todas, si la herida cicatriza bien para qué arrancar las costras. Me emocioné especialmente al sacar del fondo la única carta que me envió Carlos desde América, junto a su foto de hace 15 años, cuánto esperé esa carta, cuánto quise yo a ese chico. Y encontré las elucubraciones de mi rincón del desastre; las cartas de yoiba, amigas que querían cambiar el mundo; fotos y postales desde tan lejos; letras de canciones escritas a golpe de parar el radiocasete cuando aun no existía google; cartas de amigos para toda la vida de los que apenas se ya nada… y cartas de amigos a los que ahora he recuperado. Contra todo pronóstico, me sentí muy bien.



El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos
y el amor no lo reflejo, como ayer.


En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón.


Pasan los años,
y cómo cambia lo que yo siento;
lo que ayer era amor
se va volviendo otro sentimiento.


Porque años atrás
tomar tu mano, robarte un beso,
sin forzar un momento
formaban parte de una verdad.


El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos
y el amor no lo reflejo, como ayer.


En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de temor.


Vamos viviendo,
viendo las horas, que van muriendo,
las viejas discusiones se van perdiendo
entre las razones.


A todo dices que sí,
a nada digo que no,
para poder construir la tremenda armonía,
que pone viejos, los corazones.


El tiempo pasa,
nos vamos poniendo viejos
y el amor no lo reflejo, como ayer.
En cada conversación,
cada beso, cada abrazo,
se impone siempre un pedazo de razón

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